Lo que antes veíamos como casos aislados en otros continentes, hoy es una realidad en nuestras plazas.
Esto no es libertad, es el resultado directo de años de promoción abierta de la ideología de género. Cuando desde el Estado se enseña que la biología no importa y que la “autopercepción” es la única verdad, se abren las puertas a este tipo de delirios.
La disforia y los trastornos de personalidad son patologías graves que requieren tratamiento y salud mental, no aplausos ni validación pública. Consentir que un ser humano se crea un animal no es inclusión, es abandono.
Basta de confundir a nuestros jóvenes. Somos seres humanos: hombres y mujeres. La realidad biológica existe y debemos defenderla antes de que sea tarde.
¿Qué futuro les estamos dejando a nuestros jovenes si normalizamos esto?